Te miras al espejo y te odias, tanto por fuera como por dentro. Y tienes miedo de derrumbarte frente al espejo, una vez más. Coges el rotulador permanente y empiezas a garabatear en tu piel. Dibujas líneas por todas esas partes de tu cuerpo que no te gustan, que desearías cambiar. Y acabas con el cuerpo negro. No te gustas, ya no. Tampoco te gusta el café que te tomas cada mañana. Sabe a agua de alcantarilla. Pero igualmente lo tomas porque es parte de tu rutina. No, eso no te gusta. La rutina es aburrida, como tú. Ya no hay caos en tu vida, olvida todo aquello, ahora no eres más que tormenta. Te has hecho pedazos, otra vez. Deja de mirarte, no haces más que torturarte. Ese espejo, Dios santo, ¡rómpelo! Deshazte de él. Es un reflejo de tus demonios, de tu tormenta. No la mires, no los mires. Tus demonios son tus miedos... eres tú.
Odias las rutinas, pero no haces más que adaptarte a ellas. Todas las noches te tomas aquel café horroroso mientras te sientas a observar la Luna. Y qué bonita es ¿verdad? Y mientras te quedas aturdida por su belleza empiezas a pensar en ti. En el mismo orden. Siempre. Empiezas avergonzándote de ti, odiándote. Sabes que nunca llegarás a ser tan hermosa como la Luna, jamás. Nadie te prometerá como lo hacen los adolescentes. Nadie te deseará, ni romperás esas promesas de jóvenes. No brillarás nunca. Después sientes que eres una decepción. Un lastre. Una carga. No haces más que recordártelo. Una y otra vez. Y te quejas mientras te consumes. Mientras todo lo que un día fuiste se desvanece. Y no, no eres la Luna, eres Venus.
Algún día te querrás, te lo prometo. Algún día dejarás de ser tú para convertirte en Venus, la diosa de la belleza, del amor.
Algún día, lo juro.
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