Maldita sea, coge este corazón que tanto me atormenta y conviértelo en pequeños trozos de un músculo despellejado. Cuando lo hayas destrozado, pisoteado y escupido, arréglalo, pon cada trocito donde corresponde. Tampoco te esmeres mucho en tu trabajo; faltarán segundos para que vuelva a desplomarse. Hazme llegar al límite, a llorar y a dejar de sentir mis piernas por huir de todo. Conviérteme en cenizas y déjalas caer en algún sitio olvidado donde pudrirme junto con los de mi calaña. No me mientas, joder, deja de hacerlo. Deja de regalar te quieros como si algún significado tuvieran para ti. No me regales tu compasión ni tus consejos. Sólo déjame ser los despojos de lo que ha existido de mí, o de lo que creo que ha existido. Me importan una mierda Tchaikosvky o Ígor Stravinski si no me van a destrozar los oídos. Que me importan una mierda Bukowski o Neruda si no hablan de ti y que me importan una mierda los días si no puedo llorarte. Y no puedo evitar escribirte sin sentirme una basura, una basura adornada con baratijas. Una basura, que por mucho que quieras, nunca va a merecerte. Por eso, y solo por eso, conviérteme en cenizas. Deja que me pudra y vete. Pero si te vas, no dejes nada de ti en mí, porque si lo haces, tendré más razones por las que adentrarme en el frío vacío de tu ausencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario