Cayó la noche y venía con tormentas tan fuertes que inundaron mis ojos. La lluvia se llevó su hermoso rostro junto con sus caderas. Era morena; con un pelo tan negro como falsamente transparente; negros los ojos que bien podían ser una ventana que mostraba su dolorosa y silenciosa alma, que desgarradoras miradas que reflejaban ira y tristeza. Sus labios eran tentadores, estaban un poco agrietados pero aún así eran demasiado apetecibles. Y vaya manera -la suya- de provocarme para bailar con algo tan peligroso y oscuro como lo era ella. Elegante, poderosa, seria y misteriosa. Era la muerte -en carne y hueso- pero era la muerte y yo bailé con ella. Atractiva como los gatos negros y pura como los blancos. Esa misma tarde y en esas mismas cuatro paredes en la que jugamos con mi vida, lo único que pude sollozar -entre movimientos en los que me balanceaba y risas demenciales- fue un simple "llegas tarde". Y es verdad, llegó tarde, me consumió, jugó conmigo y me castigó por invitarla a una sobredosis.
La llamé durante meses, de todas las formas posibles, a todas horas. Necesitaba hablar con ella, negociar algunos asuntos y firmar el contrato con pastillas y una botella de vodka. Empecé a volverme loca, debía cobijarme entre sus brazos del mundo exterior. Pero no llegaba. No venía. Llegué a pensar que no existía, que seguramente me lo había imaginado. Pero era imposible, era todo demasiado real para ser una simple trola. Hasta que aquella madrugada, a las 4:53 apareció. Por fin mis gritos sordos, mis inacabables llantos y mis ensangrentados puños dieron los resultados que tanto quería. Un dolor atormentador reinaba en mi cabeza cuando la vi con su elegante y negra túnica acercándose. Me puse en pie de golpe al ver que intentaba mascullar alguna cosa que yo no acababa de entender.
-No, no te vayas. -me dijo ella, con una sonrisa que parecía más bien triste y con una mirada de compasión (que quién iba a decir que alguien así iba a sentir lástima por mí)
-Ya no tiene sentido que me quede. -respondí.
Ella añadió algo de valentía en mí y cogí las pastillas.
La llamé durante meses, de todas las formas posibles, a todas horas. Necesitaba hablar con ella, negociar algunos asuntos y firmar el contrato con pastillas y una botella de vodka. Empecé a volverme loca, debía cobijarme entre sus brazos del mundo exterior. Pero no llegaba. No venía. Llegué a pensar que no existía, que seguramente me lo había imaginado. Pero era imposible, era todo demasiado real para ser una simple trola. Hasta que aquella madrugada, a las 4:53 apareció. Por fin mis gritos sordos, mis inacabables llantos y mis ensangrentados puños dieron los resultados que tanto quería. Un dolor atormentador reinaba en mi cabeza cuando la vi con su elegante y negra túnica acercándose. Me puse en pie de golpe al ver que intentaba mascullar alguna cosa que yo no acababa de entender.
-No, no te vayas. -me dijo ella, con una sonrisa que parecía más bien triste y con una mirada de compasión (que quién iba a decir que alguien así iba a sentir lástima por mí)
-Ya no tiene sentido que me quede. -respondí.
Ella añadió algo de valentía en mí y cogí las pastillas.
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