miércoles, 16 de julio de 2014

Rota.

Era tan complicado hacerte ver que las cosas habían cambiado, que yo también lo había echo con todo lo que ello conlleva. Posiblemente eso fue lo que te alejó de mí, el no saber en qué me había convertido, en no reconocerme. Recuerdo perfectamente como fruncías el ceño cuando yo te decía que solo había madurado, que ya dejé de soñar con todo aquello que tanto ansiaba de pequeña, que había renunciado a la felicidad. Conservo nuestro última conservación como si estuviera grabada con tinta imborrable en mi memoria:

-¿Qué te ha pasado?

Me encogí de hombros aunque sabía perfectamente qué insinuabas. Era una duda que me estuvo vagando por la mente todas las noches.

-Simplemente he madurado.

-¿Madurar significa que tengas que dejarlo todo atrás? ¿Renunciar a la felicidad, a tus sueños, a lo que un día fuiste?

-Significa darte cuenta de que todos los sueños de tu infancia son pura falacia.

Te acercaste más a mi vera y me abrazaste, creo que nunca llegaré a entender ese repentino movimiento. No me gustó, sentí que me hacía pequeña, que para ti era alguien débil. En ese momento solo quería correr y desaparecer de tu lado. Me escurrí de entre tus brazos y me fui.

-¡No puedes huir siempre de todo! ¿No dices que eres una persona madura? Bueno, pues detente y afronta toda esta porquería, ¡deja de esconderte!

Aún recuerdo el dolor de cabeza que me provocó lo que dijiste, debiste sentirte aliviado porque me paré en seco al escuchar tu última frase. "Deja de esconderte". Las lágrimas empezaban a quemarme los ojos y un nudo en el estomago hizo que estallara.

-Yo no me escondo de nada, yo ya no tengo miedo.

-¿Qué no? ¿Entonces por qué no te enfrentas a todo lo malo que te está destruyendo?

-Porque no quiero deshacerme de ti.

Aún puedo sentir las lágrimas brotando de mis ojos. Recuerdo la melodía de tus pasos alejándose de mí cada vez más. Iba acelerando a medida que yo me derrumbaba en el asfalto. Me sentí totalmente destruida.

Me dejé caer en un pequeño árbol que había. Recogí mis piernas y apoyé la cabeza en ellas intentando saber cómo remediar toda esta porquería, como tú lo llamabas, pero no podía o quizás no quería. Me quedé allí sentada durante una hora, o tal vez más. Perdí la noción del tiempo cuando me concentré en la musicalidad que emitían tus pies al marcharse de ahí, de mi lado.

Aún guardo tu último beso junto a los pétalos de un 'me quiero' que espero llegar a creer algún día. Todavía guardo un pedazo de rosa despedazada dentro de aquel libro que un día leímos juntos y, que por cierto, tenemos pendiente de acabar. Y que mal se nos daba terminar las cosas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario