sábado, 27 de septiembre de 2014

Odette.

A mucha gente se le hace complicado arrancar, empezar un texto. Yo, sin embargo, tan sólo necesito tu sonrisa para escribir, o para intentarlo. Ya sabes que estas cosas no se me dan bien pero tampoco creo que importe. Escribo las mierdas que me hacen pensar en ti, y se me calan los huesos cuando visualizo tu mirada y tus labios. Una de las grandes obras de Tchaikovsky suena entre las paredes de mi habitación y me gustaría ser tu Carla o que tú fueras mi príncipe Cascanueces. Bailar entre mis sueños y cobijarme en tu sonrisa de los copos de nieve. Ir hasta el Reino de las Golosinas y que varios bailarines, de diferentes partes del mundo, bailen para nosotros. Que cuando acabemos este viaje por un mundo de ensueño, me despierte y la realidad no sea menos maravillosa. También podría ser Odette -el cisne blanco- y tú el príncipe Sigfrido para morir juntos y que en nuestro último acto salgamos volando de esta realidad para sumergirnos en el lago de la eternidad. Y es que vaya tragedia ésta de amar como lo hacía Odette.

              Que si Bécquer, Bukowski o Benedetti te hubieran conocido se darían cuenta de lo pequeña que se queda la poesía para ese marrón de ojos. Y con un breve pestañeo te digo que ni Salinas ha escrito versos tan bonitos como los que me ha dedicado tu corazón.  Mis manos quieren saberte de memoria y mis labios hacer una degustación de tu boca. Perderme entre tu métrica y encontrarme entre tus brazos. Inundarme entre tus piernas y despertarme con tus uñas clavadas en mi espalda. Hablo de ti, de tu sabor, de tu tacto y de como tu sonrisa se plasma en mi prosa. Creo que las palabras se me escapan de entre los dedos y se está haciendo demasiado meloso y repetitivo -aunque cómo no hacerlo si no tengo otra inspiración más bonita que tus manos acariciándome las caderas para pasar a un mundo subterráneo en el que vivir aventuras inolvidables-. Aventuras especiales o espaciales, de universos, galaxias y estrellas, de contar lunares en tu espalda y quedarme dormida en tu pecho. De besarte tímidamente mientras acaricias mi espalda desnuda y nos tumbamos en la cama. Yo encima, tú debajo y jugamos a ser dos adolescentes hormonados hasta el cuello. Enlazamos nuestros cuerpos, nos unimos y ahora, por fin, hemos creado ese 'nosotros' con el que tanto tiempo habíamos fantaseado. Somos arte, magia, versos, poemas, métrica y prosa. Somos todo eso cuando bailamos en la cama de aquel desdichado motel al son de las rimas más intensas de Neruda.

              Somos.